(Imagen de ChatGPT)
Escribí esta versión libre a partir de la información que me compartió el Arq. Juan Jiménez Gutiérrez, cronista municipal de Ixtapaluca, ya que a uno de sus familiares se le había aparecido el Charro Negro, ahí por el rumbo de una ex hacienda abandonada en Ayotla, en donde dicen que hay oro enterrado. El nombre de Don Manuel es ficticio.
Como todos los días, el señor Manuel salió a esa hora de su domicilio, en el pueblo de Ixtapaluca, para dirigirse a su oficina ubicada en el entonces Distrito Federal.
Al pasar por Ayotla, cerca del antiguo casco abandonado de una ex hacienda, sintió una necesidad urgente de ir al baño.
Estacionó su automóvil en la orilla de la carretera y se adentró en el terreno, iluminado apenas por la débil luz de la luna.
Por esas fechas—a mitad del siglo pasado--, en este lugar no había tantas casas, calles, pavimento, ni postes de luz, como ahora, y en medio de aquel páramo se destacaba el casco de la ex hacienda como un traste viejo y arrumbado.
Un viento frío mecía la maleza y levantaba pequeñas tolvaneras dispersas.
Cuando llegó cerca del árbol se desabrochó el cinturón del pantalón, pero percibió un olor muy intenso a huevo podrido. “¡Guácala! ¡Qué feo huele aquí”! Dijo en voz baja.
Y del otro lado del árbol, una voz grave le contestó: “Sí, ¿verdad? A veces así huele por aquí. Es el olor del azufre”.
Don Manuel se sobresaltó. Estaba seguro de que no había nadie. Pensó que tal vez aquel individuo también había ingresado para hacer del baño y que posiblemente a eso se debía el mal olor.
El hombre aquél era de elevada estatura y vestía un traje negro de charro.
Unas borlas onduladas y simétricas tejidas con hilo de oro adornaban su sombrero de ala ancha, que agrupaba una abundante cabellera de pelo negro y crespo.
Su frente, más bien pequeña, parecía un triángulo en cuya base dos abundantes cejas hacían que sus pequeños y brillantes ojos se vieran más sumidos.
Los dos hombres se miraron en silencio, estudiándose mutuamente.
Don Manuel recorrió el rostro moreno claro de pómulos pronunciados y rojizos divididos por una nariz larga y aguileña rematada con un bigote recortado con mucho cuidado. Aquel hombre sonreía y dejaba ver una dentadura blanca, ordenada y maciza.
Un mal presentimiento invadió a don Manuel cuando miró el pecho atlético del desconocido, ya que llevaba un moño en forma de mariposa rojinegra, como esas mariposas que dicen que anuncian la muerte. Y debajo de ésta, sobre el chaleco, unos ribetes dorados rodeaban los botones de oro en forma de cráneos humanos simulando perfectamente una caja de muerto.
--¿Quién es usted? ¿Qué quiere? –Preguntó don Manuel con nerviosismo.
El charro apoyó su enorme mano derecha en la cintura, metiendo el dedo gordo por atrás del cinturón piteado con ribetes de hilo de oro. Adelantó la pierna izquierda, dejando ver una bota bien lustrada que reflejaba el brillo de la luna llena y dijo:
--No tema, don Manuel. No le va a pasar nada malo.
--¿Cómo sabe mi nombre? ¿Nos conocemos?
El hombre del sombrero levantó las cejas de manera condescendiente y aclaró:
--Yo a usted sí lo conozco, por eso estoy aquí. He venido para ofrecerle un trato que no podrá rechazar.
--¿Qué trato? ¿Qué pretende?
--Don Manuel. Hoy es su día de suerte. Exactamente en donde está usted parado, hay enterradas seis ollas repletas de monedas de oro. Todo ese dinero es para usted a cambio de una pequeña decisión que no le afectará en absoluto.
--Es ridículo. Si el dinero está aquí, cualquiera que escarbe terminará encontrándolo.
--No, no es tan sencillo, porque yo soy el único que puede elegir al afortunado. De lo contrario, solo encontrarán cenizas.
-- Pero ¿qué mérito tengo yo para ser el afortunado?
--Usted es un hombre bueno y tiene una familia de seis personas. Basta con que usted me autorice disponer de las almas de esas personas: un alma por cada olla de dinero. Es tan sencillo…
--Eso, ¡Jamás! Nunca comprometeré la vida de inocentes para satisfacer una ambición personal. ¡Nunca! ¿Entendiste? Si hay tanta gente mala y ambiciosa, ¿por qué me lo propones a mí? ¿Por qué yo?
-Usted lo ha dicho, don Manuel. En la vida hay mucha gente mala y ambiciosa. Los malos abundan y ya están corrompidos. Esos en realidad no me interesan. Viven en caída libre. En cambio, corromper un alma buena es ganarle a mi enemigo, en esta disputa eterna entre el bien y el mal.
Don Manuel quiso tirarle un golpe a aquella formidable figura, pero su mano solo atravesó el aire porque el charro desapareció, así como había llegado, mientras se escuchaba su voz en la lejanía: “Cuando quieras Manuel, seis almas a cambio de toda esa riqueza. Búscame por aquí mismo.”
En ese preciso momento una tolvanera invadió aquel terreno. Un remolino potente de polvo, ramas secas y basura casi tira a Don Manuel, que tuvo que correr hacia su auto, mientras se escuchaba el aullido de algunos perros.
Don Manuel regresó a su domicilio y estuvo seis días enfermo. Cuando lo atacaba la fiebre tiraba golpes con los brazos y decía: “Ya te dije que no, déjame en paz”.
Cuando se recuperó totalmente, su esposa le dijo: Manuel, ese día que te enfermaste venías muy mal. Traías el pantalón mal abrochado y el cinturón suelto. Gracias a la persona que te acompañó pudiste regresar a casa. Era un hombre alto. Muy simpático y amable. No lo hemos vuelto a ver, pero se veía gracioso todo vestido con un traje de charro negro.
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