martes, 14 de noviembre de 2023

Las dedicatorias de los libros de García Márquez para Carlos Monsiváis: una amistad a prueba de fuego

Gabriel García Márquez dedicó al menos unos 16 libros de su autoría para Carlos Monsiváis.


Aparte de las dedicatorias impresas para otras personas que llevan algunos volúmenes, Gabo escribió en las primeras hojas, de su puño y letra, mensajes específicos para Carlos Monsiváis.


Se trata de 15 títulos (más uno repetido), que se ubican en el fondo “Carlos Monsiváis” de la Biblioteca “José Vasconcelos” de la Ciudad de México.


Es probable que existan más libros de Gabo con dedicatorias para Monsiváis, pero revisando los que están disponibles en esta biblioteca son suficientes para tener una idea de su amistad profunda y a prueba de fuego, que mantuvieron por varias décadas (posiblemente desde los años 60's) y que fue interrumpida por la muerte de Carlos Monsiváis en el año 2010.


Por lo general, las dedicatorias de Gabo a Monsiváis serán solamente eso: frases directas para entregarle el libro al amigo y ratificar su aprecio indiscutible, a veces no exento de humor, como en el libro de la Cándida Eréndira, donde Gabo firma como "su desalmado abuelo".


Gabo comentaba que antes de publicar sometía sus escritos a la lectura de sus amistades, por lo que es posible que platicara con ellos algunas de sus ideas. En esta hipótesis se inscribe la de  "Doce Cuentos Peregrinos", que se lo dedica como "doce cuentos agradecidos".


Es posible que algunas frases evoquen momentos que sólo ellos podrían precisar, considerando que el propio Gabo afirmaba que las personas tienen una vida pública, una vida privada y una vida secreta. 


En "Crónica de una Muerte Anunciada" el verbo de la dedicatoria aparece tachado con otro color de tinta que dificulta su identificación: "...para que no me (tachado) más."  ¿Pudor? ¿Accidente desafortunado que afectó la escritura? ¿La tachó Gabo o Monsiváis o el curador de la venta de la biblioteca? 


Gabo juega con el sentido de "La Mala Hora" y se lo dedica como "La Breve Hora". Este mismo libro se lo dedicó en dos ocasiones a Monsiváis y en la dedicatoria del segundo libro enfatiza "la perspicacia (y la amistad)..." destacando la juventud de ambos y asumiéndose Gabo como "norafricano".


En la dedicatoria del "General en su Laberinto" Gabo se declara como el "más grande admirador clandestino" de Monsiváis y en "Memoria de mis Putas Tristes", Gabo le expresa un cariño "que no se puede imaginar", demostrando con esto un gran sentido humano y profundamente arraigado.


La última dedicatoria es del libro "Vivir para Contarla", en el que García Márquez destaca el sentimiento de sus páginas "atemorizadas", aunque, hasta la fecha de término del libro, en ninguna parte se refiere a Monsiváis.


A fin de cuentas, queda la reseña de las siguientes dedicatorias como una curiosidad para admiradores de Carlos Monsiváis y de Gabriel García Márquez y sobre todo, como una muestra que reafirma la amistad que es posible fincar entre creadores literarios de una gran calidad humana y que trasciende más allá del tiempo.


Las dedicatorias aparecen conforme al orden en que están acomodados los libros en la biblioteca:


CIEN AÑOS DE SOLEDAD:

Para Carlos, desde entonces; con todo el corazón. 

GABRIEL, 1973.


EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA:

Para Carlos, veinticinco años después,

GABRIEL, 86


CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA:

Para nuestro poeta, Carlos Monsiváis, para que no me (tachado) más, y con un abrazo de

GABRIEL GARCÍA MARQUEZ


DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS:

Para Carlos Monsiváis, esta reliquia inmortal, quinientos años antes de que lo fuera; con un abrazo,

GABRIEL, 94


DOCE CUENTOS PEREGRINOS:

Para Carlos, estos cuentos agradecidos,

GABRIEL, 92


EL AMANTE INCONCLUSO Y OTROS TEXTOS DE PRENSA:

Para Monsi, en mi casa suya,

GABRIEL, 2001


LA HOJARASCA

Para Carlos Monsiváis, de su admirador y amigo, con toda seriedad, 

GABRIEL, 80


EL GENERAL EN SU LABERINTO

Para mi querido Monsi, de su más grande admirador clandestino,

GABRIEL, 2001


LA INCREÍBLE Y TRISTE HISTORIA DE LA CÁNDIDA ERÉNDIDA Y DE SU ABUELA DESALMADA

Para Carlos, de su abuelo desalmado,

GABRIEL, 84


LA MALA HORA

Para Carlos, la breve hora

GABRIEL, 86


LA MALA HORA (Duplicado)

Para el estudioso joven, Carlos Monsiváis, con la perspicacia (y la amistad) del también joven y laureado intelectual norafricano,

GABRIEL GARCIA MARQUEZ


MEMORIA DE MIS PUTAS TRISTES

Para Carlos Monsiváis, con una admiración y un cariño que el mismo no se puede imaginar.

GABRIEL, 04


NOTICIA DE UN SECUESTRO

Para Carlos Monsiváis, de quien además de todo, lo quiere,

GABRIEL, 96


EL OTOÑO DEL PATRIARCA:

Para Carlos, en vísperas del otoño de todo el mundo, 

GABRIEL, 86


TEXTOS COSTEÑOS, OBRA PERIODISTICA VOL. 1

Para Carlos, estos textos pro-mexicanos, con todo el cariño,

GABRIEL, 84


VIVIR PARA CONTARLA

Para Carlos, estas 579 páginas atemorizadas; con un abrazo,

GABRIEL, 2002


A continuación las portadas de los libros, seguidas de su respectiva dedicatoria:












































Fotos tomadas con mi celular directamente sobre cada libro.























sábado, 6 de mayo de 2023

MATAPERROS

El hombre despedía un intenso olor a perfume dulce.

A pesar de la noche oscura y calurosa vestía un traje negro bien planchado con una corbata roja, con doble nudo, que destacaba sobre su camisa blanca. 


En realidad era de estatura pequeña, pero debido a su delgadez extrema parecía alto.


Cabeza grande con escaso cabello peinado hacia atrás y pegado al cráneo. Cejas delineadas, nariz aguileña, ojos sumidos y pequeños, pómulos sobresalientes y labios apenas visibles en una boca que parecía una pequeña línea horizontal trazada de mala gana sobre su rostro triangulado, inexpresivo y con un mentón afilado y prominente.


Ocupó una mesa blanca de plástico y sin mantel, que era la más alejada del puesto de tacos ambulante ubicado sobre la avenida, junto al parque principal del municipio. Las sillas blancas, también de plástico desgastado mostraban rótulos de una marca de refrescos. Parecía un invitado solitario en una fiesta callejera que todavía no empezaba.


“Buenas noches”, le dijo un mesero con sobrepeso, de ojeras profundas y barba de varios días sin rasurar, que le extendió una grasienta hoja con el menú y la que el hombrecito rechazó horrorizado. Sin recibirla ordenó tres tacos de bistec sin cilantro, sin cebolla y sin chile y dos tacos al pastor a la plancha, igual, sin nada, únicamente la tortilla y la carne y para beber un refresco de agua mineral.


Antes de retirarse, el mesero pasó un trapo húmedo sobre la mesa, quitando una gruesa capa de polvo acumulado.


El hombrecito levantó la mirada sobre el paisaje, muchos puestos callejeros y pocos clientes. Escaso tránsito de automóviles y uno que otro grupo de jóvenes conversando en voz alta con risas y malas palabras, mientras se dirigían a algún lugar.


Pasó los dedos de su mano izquierda por el borde de su reloj de pulso que tenía en la muñeca derecha, en la que le faltaba el dedo índice. Vio la hora sin importarle y alisó la manga de su saco. Era un como un ritual inconsciente que repetía a cada rato.


Levantó la vista de nuevo y se percató de la presencia de tres perros callejeros frente a su mesa, que lo contemplaban en silencio y con atención, sentados sobre sus patas traseras y en quietud total como si fueran estatuas plantadas en el pavimento.


En ese momento, se acercó el mesero y acomodó indiferente sobre la superficie de plástico unos recipientes con salsa, limones y cebolla revuelta con chile habanero, un salero, un servilletero y el agua mineral. En seguida trajo los tacos humeantes y olorosos a grasa y carne cocida que le generaron saliva a los perros, que se mantenían en su actitud inmóvil y atenta.


-Sí se le ofrece algo más, me hace una seña y vengo. Dijo el mesero y se retiró arrastrando los pies.


El perro más grande era el más viejo, con una enorme cabeza que los veterinarios llaman “braquicéfala”, como producto de una revoltura de razas callejeras degeneradas entre boxer y rottweiler y con visibles cicatrices de un largo historial de peleas. Sus ojos eran saltones, encarnados y rojizos, parecían la mirada triste de alguien acostumbrado a una vida dura y violenta y su pelambre era más bien cochambroso.


A su lado, una perra negra, de ojos tristes, con cabeza tipo bulldog y una hilera colgante de tetillas vencidas, descoloridas y desgastadas y enseguida un perro más joven de color café, corriente y que tenía la pata delantera derecha encogida como producto de algún accidente.


El comensal miró a los perros con desprecio.


Respiró con profundidad y se recargó con desgano en el respaldo de la silla.


Recordó un lejano suceso de su niñez, cuando un perro callejero le arrebató un pan de la mano y de paso le arrancó el dedo índice. Al tiempo que evocaba esa experiencia, dos gruesas venas azuladas empezaban a dibujarse sobre su frente formando un triángulo invertido a partir del ceño de sus cejas y hasta el nacimiento del cabello, mientras un tic nervioso le cerraba y le abría el ojo derecho, como una cortinilla que sube y baja sin control.


Volvió a jalar aire con la nariz, tratando de controlarse y lo exhaló con fuerza. Se incorporó y miró con odio a los perros.


Con la mano sin el dedo, que le temblaba de manera visible, extrajo de la bolsa interna de su saco un bote blanco como de medicina y esparció su abundante líquido blanco sobre los tacos, dejando enseguida el plato bajo la banqueta para que se acercaran los perros.


Al ver ese gesto, el perro más viejo se lanzó con una agilidad inusitada sobre el plato de tacos, protegiéndolo de los otros perros. Fue una una breve y violenta disputa por la comida, entre ladridos, mordidas y aullidos.


La perra y el perro tullido se alejaron a una distancia prudente y observaban cómo el perro viejo se comía los tacos como si fuera una aspiradora y luego su lengua lamía la grasa vertida en el plato, pero cuando tocaba los restos del líquido blanquecino del frasco que le había vaciado el hombrecito, el perro tosía y trataba de expulsarlo.


Luego que hubo arrasado con los tacos, el perro viejo se acercó más a la mesa y contemplaba ahora directamente a los ojos al comensal, mientras sacaba su lengua con insistencia lamiéndose el hocico. Su actitud era de mayor confianza y esperaba que el hombrecito le diera más comida.


Pero el hombre del traje oscuro se levantó de la mesa, pagó y explicó al mesero que pagaría también el plato de plástico que echó a los perros para que ya no se volviera a utilizar y se alejó sin voltear atrás.


A la noche siguiente regresó a la misma hora y al mismo lugar, vestido ahora con un traje de color gris, una camisa de color azul claro y una corbata de fondo azúl marino adornada con dibujos de perritos.


Ordenó lo mismo que la noche anterior y con curiosidad buscó con la mirada a los perros. Sólo estaban la perra negra y el perro tullido que, en cuanto lo vieron se alejaron de él.


No le extrañó ese acto ni la ausencia del perro viejo. 


Sabía muy bien lo que había pasado y lo recreó mentalmente: los tacos rociados con cianuro le habían calentado como lava hirviente las entrañas al perro viejo, quemándolo por dentro, mientras su estómago se contraía y sus pulmones se hinchaban sin permitirle respirar. Una espuma negra, abundante y espesa le emanaba por el hocico.


Por instinto el perro viejo trataba de correr, pero sus patas pateaban el aire, ya que había perdido el piso y la conciencia. Un dolor intenso de cabeza hacía que se golpeara tratando de impulsarse y huir. Los ojos se le pusieron en blanco y trataba inútilmente de orientarse. Sin poder respirar su cuerpo se tensaba con espasmos y su cabeza y las patas se estiraban por movimientos involuntarios, primero rápidos e insistentes y luego breves y esporádicos.


Después de unos minutos de una lucha feroz contra la muerte, su cuerpo se quedó tieso como una escultura y empezó a inflarse como un globo.


El hombrecito esbozó una sonrisa de satisfacción al imaginar este acontecimiento y contempló la hora en su reloj. “Todo debió haber sido rápido”, pensó y fue interrumpido en sus pensamientos por el gordo mesero que le trajo su orden en una charola y le dijo: “Si desea algo más me hace una seña y ya vengo”.


No contestó al mesero y acomodó con delicadeza los tacos para disponerse a comer y justo cuando se llevaba un taco a la boca, interrumpió el acto al percatarse que un menesteroso se había plantado de pie frente a su mesa.


Era un hombre negro de mugre, alto y viejo, de cabello cano, desordenado y sucio con una barba sucia y enredada, vestido con un abrigo oscuro, percudido, roto y maloliente.

 

Sus ojos saltones y rojizos se concentraban en los tacos sobre la mesa, mientras extendía una mano con uñas largas y negras hacia el hombrecito del traje gris, que se alejaba con repulsión de aquella mano negra de mugre.


Dos venas azuladas empezaron a hinchar la frente del hombrecito, mientras un tic nervioso le abría y le cerraba el ojo, que esta vez mostraba lágrimas espontáneas.


Miró a su tacos y luego al sujeto.


Extrajo de su saco un bote blanco, que resultó ser el mismo de la noche anterior, y roció con abundante líquido venenoso a los tacos para luego extenderle el plato al menesteroso.


Con una sonrisa desdentada el andrajoso tomó rápidamente el plato de los tacos y antes de marcharse señaló al envase de agua mineral. El hombrecito le extendió el bote y el hombre de la calle lo agarró y se alejó cojeando y feliz. Antes de llegar a la esquina se sentó en el piso y engulló los tacos con avidez.

El hombrecito, que lo seguía con la vista, pagó su consumo y se alejó en sentido contrario, sin mirar atrás, mientras en su rostro se dibujaba una malévola sonrisa de satisfacción.


lunes, 29 de marzo de 2021

Los microcuentos de José Emilio Pacheco

En el excelente libro de cuentos "De un tiempo a esta parte" de José Emilio Pacheco, en editorial ERA, hay una sección llamada "Mínima Expresión" de 24 microcuentos. 

A continuación se reproducen algunos:

LA LECHERA

La lechera hacía proyectos mientras caminaba por la ciudad. De pronto ella, su jarra y sus ilusiones se volvieron añicos en la explosión nuclear.

SIN FIN

Un hombre se forma tras una larga cola. Desesperado elimina a quien está antes que él. Sigue con todos los de la fila. Hasta que otro hombre se detiene a su espalda...

MEMORIAS DE JUAN CHARRASQUEADO

-Yo no lo maté: él solito se le atravesó a la bala.

TRIUNFO

Al pisar la cima del Everest, resbaló y se mató.

ADORACIÓN

La libélula se acercó a venerar el helicóptero, su dios. Fue triturada por las aspas.

DERROTA

-Detesto a los ancianos trasvestistas -aulló Caperucita. El lobo se tragó la humillación.

CUENTO DE ESPANTOS

Violó la cripta a medianoche. Halló su propio cadáver en el sarcófago.

VESTUARIO

El rey se desnudó aterrorizado. No tenía cuerpo. Él era sólo el manto y la corona.

SUEÑO ETERNO

Soñó que despertaba. No pudo abrir los ojos. Había muerto.

CUITZEO

-No tengo nada que ocultar-dijo el lago al secarse.

"De un tiempo a esta parte" es una obra ampliamente recomendada para disfrutar de los cuentos de Emilio Pacheco. Puedes escuchar el de "Tenga para que se entretenga" en el sitio de acceso libre y gratuito de www.descargacultura.unam.mx


viernes, 12 de junio de 2020

SALVADOR DÍAZ MIRÓN: UNA VIDA EN ERUPCIÓN


(Créditos de la foto: https://aguapasada.wordpress.com/2012/06/12/1928-enfermedad-y-muerte-de-salvador-diaz-miron-14/)

La idea que nos hacemos de la vida de un poeta es por lo general de personas apacibles y calladas que caminan despacio, se detienen a contemplar la belleza de una flor, de una nube o de una mujer para inspirarse y traducir sus sentimientos en poesías repletas de sentimientos nobles.

Eso también lo hacía Salvador Díaz Mirón (Veracruz, 1853-1928) fallecido un 12 de junio, pero su vida no era nada tranquila, más bien era lo más parecido a un volcán en erupción que hacía  difícil de aceptar que un hombre tan irascible pudiera escribir poesías como las de su libro Lascas, que le merecieron un amplio reconocimiento de la crítica literaria.

También conocido como “El Vate” o “El Bardo” Díaz Mirón se inició en el periodismo desde los 14 años y además de poeta fue diputado local y federal porfirista, en los tiempos cuando todavía los caballeros se batían en duelos por cualquier pretexto.

Autor de dos homicidios, también estuvo preso, e incluso conservaba el brazo izquierdo inutilizado debido a una bala enemiga.

En una ocasión el poeta irascible, de elevada estatura, de frente amplia y bigote espeso, se rindió  enteramente a la poesía como un ogro romántico, por el siguiente motivo.

Uno de los momentos estelares de la vida de Salvador Díaz Mirón fue cuando a mediados de 1910 se ofreció para capturar a un bandolero apodado “El Santanón”, que había sembrado el terror en los límites de Veracruz y Oaxaca.

“El Santanón” era el apodo de Santana Rodríguez, un nativo de Acayucan, Veracruz que a los veinte años se había casado con una de las mujeres más hermosas de la región y que vivía apaciblemente cuidando su pequeña ganadería.

Pero la belleza de su mujer no pasó desapercibida para un terrateniente alemán de nombre Guillermo Voigt, que le sedujo y le quitó a su mujer y también se llevó algunas de sus mejores reses y por si fuera poco lo acusó de un delito imaginario con el jefe político de Coapan, Oaxaca, motivo por el que Santanón fue incorporado a la “leva” o tropas porfirianas integradas a la fuerza.

Apercibido de que si regresaba a su comunidad sería encarcelado, Santanón desertó de las tropas y junto con otras personas se dedicó al abigeato, robo y homicidio de hacendados.

En 1908 fue aprehendido y encarcelado en Juchitán, Oaxaca, pero escapó y continuó su carrera delictiva hasta que en 1910 cobrara venganza del alemán Voigt a quien robó y privó de la vida.

Como representara una amenaza para los dueños de las haciendas, la sociedad veracruzana exigió la intervención de las autoridades, que fue el motivo por el que el Bardo Díaz Mirón se ofreciera  para atrapar a Santanón.

Algunos analistas comentan que en realidad el poeta buscaba un camino para llegar a la gubernatura de Veracruz y que la persecución de Santanón se lo ofrecia como una oportunidad para avanzar hacia ese propósito.

Durante más de dos meses, Salvador Díaz Mirón abrió una novelesca narración en la prensa de la época al dar cuenta de una persecución de película, en la que, al menos en dos ocasiones en medio de la selva, el Santanón burló la vigilancia de sus perseguidores para ofrecerle puros de la mejor calidad y en propia mano a Salvador Díaz Mirón.

Casualmente cuando el Vate y sus compañeros reaccionaban, ya era demasiado tarde ante las extraordinarias habilidades del jinete Santanón, que se escapaba entre las sombras.

A principios de agosto y en medio de ese clima tropical, Díaz Mirón desarrolló una enfermedad gastrointestinal y como ésta no cediera, se vio obligado a abandonar la persecución y regresó a Jalapa, donde, no obstante, fue recibido como un héroe.

Las notas de prensa de la época, consignadas en el excelente libro “El Bardo y el Bandolero” de Jacinto Barrera Bassols(UAP, México, 1987) no explican si Díaz Mirón le perdonó la vida al Santanón, pero de la descripción que se hace en varias de éstas, se puede deducir que sí.

Por un lado, Santanón, mejor conocedor de la geografía en la que lo perseguían, tuvo bajo vigilancia cada movimiento de Díaz Mirón y lo hubiera matado si hubiera querido.

Por otro lado, las descripciones que se hacen de Santanón como un nativo con una personalidad seductora y de elevada estatura, sumado a su historia personal del tipo de Robin Hood, han de haber calado el sentimiento del poeta, para no matarlo también cuando lo tuvo de frente en las ocasiones en que Santanón le obsequió de propia mano, puros de la más alta calidad.

Santanón moriría en una celada a los dos meses siguientes, cuando el ejército federal se aplicó más en su búsqueda y multiplicó al número de federales, debido a que Santanón había sido cooptado como agente revolucionario por los hermanos Flores Magón, quienes lo habían nombrado como responsable del levantamiento armado en esa región.

Por su parte, Díaz Mirón se integró en diciembre de ese año de 1910 a la Cámara de Diputados en donde tuvo un incidente con un diputado oaxaqueño de apellido Chapital, al que en una reyerta disparó de manera fallida.

Por ese motivo estuvo preso y en una visita que le hicieran varios jóvenes de la Escuela Nacional Preparatoria, que posteriormente gozarían de amplia fama como literatos, describen al poeta encarcelado como un hombre profundamente culto que los atendió con la mayor amabilidad. Entonces, Díaz Mirón ya era como un volcán apagado.