martes, 1 de septiembre de 2026

CUANDO HUÍ DE LA SANTA MUERTE









Imagen ilustrativa generada por IA.

En primer lugar respeto la libertad de credos.

Con anterioridad no había sido tan consciente del culto a la Santa Muerte, sino después de la presente experiencia.

Esta anécdota ocurrió hace unos años durante una visita de trabajo a la Ciudad de México.

Como resolví en poco tiempo el asunto que me ocupaba, ese jueves por la mañana dispuse de tiempo libre para almorzar en un restaurante de una conocida franquicia sobre Insurgentes centro, en cuya esquina hay un puesto de revistas y periódicos.

Antes de ingresar al restaurante compré un par de periódicos y una revista que me llamó la atención, un número especial titulado "Todo sobre la Santa Muerte". La adquirí por curiosidad y con el  propósito de enriquecer mi cultura general. No tenía antecedentes, conocimientos ni ningún otro motivo o expectativa sobre la materia.

En el restaurante revisé de manera general esa publicación, salté las hojas con rapidez, no me detuve en ningún artículo y me prometí que regresando a Oaxaca le dedicaría un tiempo para leerla.

La revista estaba impresa con una buena calidad de papel y con muchas fotografías a color. Recuerdo que la disposición de los materiales seguía un orden lógico, razonado y muy completo. Estaba elaborada con profesionalismo y me sentí satisfecho con dicha adquisición, pero me concentré en la lectura de los periódicos.

Hasta ahí fue toda mi relación con la revista. La cargaba en un portafolios junto a diversos documentos y como regresaría a Oaxaca hasta el domingo, hice planes para quedarme el fin de semana en la ciudad.

Esa noche de jueves para amanecer al viernes me dieron pesadillas. 

Soñaba que estaba frente al puesto de periódicos que había visitado esa mañana y que escuchaba con mucha precisión e incomodidad el ruido de los autos, las motos y los peatones. Al mismo tiempo intentaba leer los titulares de las publicaciones impresas que había en ese puesto, pero no podía precisar ninguna lógica en los textos, que parecían derretirse y desaparecer. Era caótico e inestable y mi vista terminaba casi siempre en el centro, donde estaba la revista de la Santa Muerte que había comprado, pero sin letras, sólo la figura de la muerte.

Luego, que cuando entraba al restaurante, en vez de mesas veía un lugar muy oscuro, como un pasadizo que tenía una luz roja al fondo. No me causaba temor, sino curiosidad. Caminé en esa dirección y al llegar al final había una habitación en penumbras con un techo muy elevado.

Una tenue luz anaranjada iluminaba el centro del lugar en donde había un sitial de madera ocupado por un esqueleto humano cubierto con un manto y una túnica negras. Me dio la impresión de que esa figura, aun sentada, medía unos dos metros de altura y pese a tener un cuerpo descarnado, el manto aterciopelado mostraba un buen volumen del cuerpo.

Y lo que yo consideré al principio como una escultura inmóvil, de pronto levantó su mano derecha del apoyabrazos de la silla, me señaló directamente y luego volteó la palma de su mano cerrando el puño y levantando su huesudo dedo índice que movía hacia ella y con una voz cavernosa, que yo no pude identificar si era de hombre o de mujer, pero se trataba de una voz de una persona adulta muy clara y determinante me dijo despacio pero firme: "¡Ven, ven, ven!", mientras movía elásticamente sus maxilares con dientes completos y delineados como si fueran de piel blanquísima.

A pesar de tener las cuencas de los ojos vacíos, en su fondo parecía verse el reflejo del brillo del entorno, proyectando una imagen majestuosa de autoridad e intimidación. 

En mi pesadilla empecé a rezar oraciones que en vigilia ya ni me acordaba y a decir palabras que yo no razonaba, simplemente me salían y me dirigí hacia ella diciéndole: "No sé quién eres y no sé qué quieres. Pero yo sólo creo en Dios Todopoderoso que venció a la muerte y que está por encima de ella" y seguía rezando.

Aunque su rostro no tenía cejas, ante mi respuesta su aspecto era severo y me miraba como sorprendida y molesta.

Temiendo que me fuera a detener, quise correr, pero mis piernas no me obedecían, parecían de gelatina y temía quedarme atrapado, por lo que haciendo un esfuerzo sobrehumano salté con fuerza y en el preciso momento cuando di el salto, me desperté en medio de la oscuridad de la habitación. 

Eran las tres de la madrugada de ese día viernes y yo estaba sudando y temblando de miedo. Encendí rápidamente las luces y con la vista revisé toda la habitación. No había nada extraño. Me dirigí hacia la mesa en donde estaba mi portafolios que recuerdo haber dejado cerrado y que ahora aparecía  abierto y con la revista de la Santa Muerte a primera vista. La tomé con manos temblorosas y la rompí en tiras con fuerza al tiempo que repetía en voz alta: "Sólo creo en Dios que venció a la muerte y está por encima de ella..."

Romper la revista me dio mucha tranquilidad. Sentí como si hubiera alejado de mí una amenaza.

Pero después de esa pesadilla ya no pude volver a dormir porque al cerrar los ojos presentía que algo o alguien me miraba, mientras el ruido del tráfico de la noche -ambulancias, motos, patrullas- me generaba un malestar.

Dejé la luz encendida y cuando la luz del amanecer iluminó la ventana, yo seguía despierto. Me levanté de la cama y miré el interior del bote de la basura. Entre las tiras de papel roto y apiladas de manera vertical, asomaba la fotografía del rostro de una calavera que sonreía de manera irónica. Agité el bote de la basura hasta que se perdió esa imagen entre los papeles.

Después de esa experiencia ya no volví a tener ninguna relación con la Santa Muerte.

Con el paso del tiempo me he llegado a explicar que se trató de un fenómeno de sugestión motivado por la curiosidad sobre un tema que desconozco. Es como un broma que me jugó mi propio cerebro y que emergió a través del sueño, que tiende a crear narrativas más o menos coherentes según nuestras impresiones o preocupaciones cotidianas.

Asimismo he conocido a muchas personas que se portan de manera educada y con respeto y que usan cadenas con dijes de la figura de la Santa Muerte o que la tienen tatuada en su cuerpo como brazos y pecho y nunca me han comentado sobre su culto, por lo general son discretas. 

También me he encontrado en varias ocasiones y en múltiples lugares figuras de la Santa Muerte, como esculturas en lugares públicos o nichos junto a San Judas Tadeo y la Virgen de Guadalupe y en procesiones acompañada por una banda de música. Más recientemente me perdí en el centro de la ciudad de Puebla, precisamente en una calle atiborrada de tiendas con escaparates de altares e imágenes de la Santa Muerte, pero mi sentimiento es de sano distanciamiento.

Cuando paso cerca de ella lo hago con la convicción del respeto a la libertad de credos, no juzgo, no rechazo y me repito: "Cada quien es libre de tener sus propias creencias".

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